En una charla con unos amigos surgió el comentario de uno de ellos en el sentido de que tomo un curso de degustación de vinos. Después de las lógicas bromas al respecto por lo “fumigado” que quedaba en las sesiones al catar y catar las espumosas bebidas, la plática se hizo más seria e interesante, y acabamos convencidos de que este es un mundo a parte que tiene mucho de historia y cultura a su alrededor.
Los vinos son tan añejos como el mismo hombre moderno. Hay todo un universo alrededor de el, un montón de clasificaciones y ciertas normas que de seguirlas correctamente hacen que este sea disfrutado en toda su intensidad, obviamente sin abusar de su consumo, porque se corre el riesgo de dejar de ser “catador” para convertirse en “catarrin”.
Los vinos suelen clasificarse en los términos más generales en cuatro grupos: tintos, blancos, rosados y espumosos (obviamente hay muchas más variedades, pero estas cuatro se pueden considerar las más representativas).
Los vinos tintos son elaborados a partir del mosto de uvas tintas (uvas de color oscuro), y de ahí precisamente su nombre, del color de la uva que le da origen. El mosto es el zumo fresco de la uva sin tener aun fermentación, y ahí se incluye la cascara (hollejo), las semillas, la pulpa, etc. El vino una vez preparado es almacenado en barricas o incluso botellas y dependiendo del tiempo que se le de añejamiento viene una segunda clasificación. Se considera que un vino es “Joven” cuando se añeja entre menos de un mes y seis meses; se considera de “Crianza” cuando tiene dos años de añejamiento; de “Reserva” con tres años; y de “Gran Reserva” con cinco años de estar guardado. Los vinos tintos suelen beberse acompañando la comida de carnes rojas que contienen una mayor porción de grasa que las carnes blancas y se acostumbran beber a temperatura ambiente (entendiéndose que la temperatura ambiente ideal para el humano común está entre los 20 y los 24 grados centígrados).
Los vinos blancos son elaborados a partir de uvas de color claro o incluso de uvas de color oscuro separándoles a estas la cascara (piel u hollejo) para que no tome el zumo el color oscuro de los vinos tintos. No se acostumbra añejar a este tipo de vino. Normalmente se consume acompañando las carnes blancas, se toma fresco a temperaturas de entre 8 y 10 grados centígrados. En el argot se dice que los blancos son vinos de “poco cuerpo” refiriéndose a que los sabores de los blancos son menos intensos que los de los tintos por ejemplo.
Los vinos rosados son aquellos a los que se les da un proceso de elaboración que no alcanza para que se convierta en vino tinto. A la uva tinta se le aplica una “maceración” (extracción del solido-liquido) para que tome solo algo de color.
Por último, los vinos espumosos, que de inmediato nos hace llegar a nuestra mente la clásica y siempre bienvenida champagne. Este tipo de vinos tienen un componente que genera en su proceso y hace que se produzcan las famosas burbujas: el anhídrido carbónico que se forma a partir de que se le hace una segunda fermentación.
Es todo un arte la producción de buenos vinos. Se necesitan condiciones muy especiales desde el tipo de terreno y clima en que se producirá la uva que le dará origen, hasta el proceso de fermentación, el almacenamiento en barricas de ciertas maderas, la humedad en las bodegas, el tiempo de añejamiento, incluso la propia degustación tiene ciertas normas que de seguirlas contribuirán a que se disfrute mas su consumo. Po ejemplo, al consumir vinos tintos se aconseja que se destape la botella una media hora antes de que se beba para que tome la temperatura ambiente, preferentemente se deben tomar en copas de cristal claro para ver la textura del mismo a través de la copa con toda nitidez, ciertas copas tienen formas en sus bocas que mantienen el aroma del vino por más tiempo para su disfrute, hay botellas especiales llamadas decantadoras que tienen el objetivo de ponerlo en contacto con el oxigeno del aire para que se intensifique su aroma, y así varias normativas que pueden llegar a cambiar la fría mecánica de simplemente llevarse la bebida a la boca y tomarla.
Con la plática al respecto que tuve con este amigo, me entro la curiosidad por tomar el curso aunque sea de una forma más enfocada a la teoría que a la práctica, porque según me dice hay la posibilidad de tomarlo de forma verdaderamente concreta: estar probando y probando las distintas variedades de vinos mostrados en la charla del expositor. Eso sí, me asegura que más de dos salieron bien “happys” del curso deseando volver a la brevedad con su nariz adornada a la “Rodolfo el Reno” y tratando de emular al mejor de los trovadores bohemios.
Link al sitio “Diccionario del Vino”.
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Esto de los vinos me recordo una buena película que vi hace tiempo y que me agrado muchisismo, un paseo por las nubes de Alfonso Arau, adaptación de una pelicula italiana de nombre similar.
Discrepo un poco de lo que se considera temperatura ambiente para el consumo de vino tinto.
El término viene de antaño, cuando las casas eran de piedra y no eran apartamentos con calefacciones, y donde las temperaturas medias oscilaban entre los 12 y 18 grados con una media de 15-16 grados.
Considerar 24 grados temperatura ambiente, para el vino, definitivamente NO. No conozco ni un solo vino que recomiende en la etiqueta un consumo por encima de 20 grados. Sólo grandes reservas muy muy complejos ponen como temperatura máxima de servicio 22 grados (en una horquilla general entre 18-22 grados).
Los vinos de Crianza y Reserva normales tienen como temperatura de consumo óptimo 16-18-19 grados. Vinos semicrianza (jóvenes roble) pueden bajar a 14-15 y los jóvenes entre 12-14 grados.
Definitivamente, el vino tinto se suele consumir demasiado caliente: en verano porque hace calor y en invierno por las calefacciones de las casas. Hay que utilizar cavas que mantengan el vino a unos 15-16 grados y jarras térmicas que sean capaces de mantener dicha temperatura de la botella al menos 2-3 horas. Sólo de esta forma disfrutaremos del vino tinto a su temperatura correcta.